Gabriel García Márquez
La historia que se cuenta a si misma
Mi historia es una entre miles de los que aprendieron a querer al Gabo en cada una de las lineas de sus obras.
La historia que se cuenta a si misma
Cada quien guarda secretos sobre la manera como conoció al Gabo, yo recuerdo que me hice de mi primer ejemplar de “Cien Años de Soledad” comprándolo con el dinero que me dieron para adquirir mi libro de matemáticas básicas del primer año de secundaria. Ciertamente había leído sus cuentos en la biblioteca pública de mi barrio en Comas, donde debía hacer las tareas de ciencias histórico sociales y en su lugar se me iba la tarde dedicado a leer literatura y descubrí el realismo mágico en las historias que me contaban García Márquez y Alejo Carpentier, y de la cual salía cuando encendían las luces de la calle, con los ojos enrojecidos del esfuerzo y casi echado, pues en la pobre biblioteca no había luz eléctrica. Al final jale matemáticas para marzo, pero me aprobé en la vida leyendo la mejor literatura del mundo, afirmando a mis once años que tal vez lo mío no era convertirme en médico como mi familia quería, sino en llegar a ser escritor, y tal vez empezar como periodista como lo cuenta el propio Gabriel.
Recuerdo como si fuera ayer la mesa del almuerzo dominical, rodeado por la familia paterna, mucha de ella recién conocida en la ocasión, las preguntas consabidas respecto a “¿qué estudiarás cuando seas grande? Yo fiel a los dictados de mi corazón contestando “Yo quiero ser periodista”, y la mirada a quemarropa de mi padre por encima del plato y entre las copas de agua y vino, se hizo el silencio y se cruzaron miradas de soslayo, mientras anticipaba que la tierra del infierno se había abierto para mí por tal confesión. Mi padre, despedida la visita, se encargo del ajuste de rigor: “un periodista, un bohemio, un perdido, alguien que morirá pobre y alcoholizado, jamás mientras yo esté vivo.” Mi solitaria rebelión fue debelada por la sujeción familiar, pues al final me tuve que tragar mis palabras adolescentes y terminé estudiando otra cosa, aun cuando desde el fondo de mi ser las letras me llamaban entre los guiños de poetas y escritores que atesoraba en mi escasa biblioteca juvenil, y entre ellos estaba el Gabo con su sonrisa de guajiro brotando de su bigote entrecano.
Ya en la universidad, donde debía estudiar para ser un buen profesional, en el morral, junto con los textos obligados en el silabo se hacían lugar Cortázar, Rulfo, Ribeyro, Onetti y por supuesto Gabriel García Márquez. Jamás se arriaron mis banderas por la literatura, por ese arte de la palabra en el tiempo, por esa pasión por las historias increíbles que poblaban mi mente y que fueron estimuladas por el Gabo. Y es que la imaginación nunca se rindió ante la obligación de tener un título profesional, búsqueda que se nutrió de esos mundos explorados de linajes antiguos, de historias cíclicas, de tragedias inverosímiles, de amores desenfrenados. Es posterior a este descubrimiento que el amor llego a redimirme, completando ese tándem vital para intentar no solo hacerme un hombre de provecho, sino en realidad hacerme un hombre.
“El amor en los tiempos del cólera” se convirtió para mí en el equivalente del “Werther” de Goethe para los jóvenes del siglo XVIII, pues la novela atrapó mi atención y la prosa desde la cual se narraban las penalidades de Florentino Ariza y su amor imposible por Fermina Daza, en un modelo de literatura amorosa, por cierto aderezada con los recursos diestros del colombiano, una invitación al mundo de lo real maravilloso, en esos escenarios más próximos a la vida latinoamericana que los salones de Europa en plena ebullición del “Sturm und Drang”. Y desde entonces el amor tuvo el sello de García Márquez, una manera de entender su inmensidad y mágico destino.
Mi universo lingüístico se apropio de los giros y frases de la literatura garciamarquesa, y ciertamente pude seguir puntualmente sus obras posteriores, paralelamente leí a otros muchos autores, narradores y poetas, con los años siempre el tomo amarillo de tapa dura de “El Amor…” estaba allí dictándome su canon de amor y desventuras, haciendo de cada episodio un pozo del cual tomar las aguas para beber mi sed literaria.
El tiempo trascurrió inclemente, y hasta su última novela (“Memoria de mis putas tristes”) siempre esperábamos más de su cosecha. No está demás decir que sus facetas fueron tan amplias, aunque mucho menores que la riqueza con la cual podía contar su propia vida. Al Gabo periodista, narrador, guionista de cine y televisión, autor de teatro, le suceden otras referidas a su posición política, que muchos discutieron hasta encasillarlo, con fastidio, como un irremediable dinosaurio de la izquierda latinoamericana que vive de sus viejas glorias. Sin embargo allí estaba siempre alerta, dispuesto a emprender alguna batalla irreconciliable con la injusticia, a la cual entregó no solo su tiempo sino también sus comprometidas convicciones.
Por eso hoy que solo nos queda recordarlo, he de confesar que despedimos no sólo a un escritor renombrado, que sería poco decir, sino a un personaje que remonta la fama de sus propias novelas y cuentos, a un colombiano y latinoamericano universal, alguien que nos hizo sentir a lo largo de sus páginas la felicidad y la esperanza, la terca apuesta por un mundo menos egoísta y más comprometido con el destino solidario de sus pueblos, con un personaje tan prometeico como el de la mejor de sus historias. Porque siempre hemos de recordar que un día como hoy partió Gabriel, se fue como en la marcha tranquila del barco a vapor que cursaba las aguas del Magdalena, se fue el Gabo, dejó su terrenal estuche, se va caminando a paso lerdo de vuelta a Aracataca, Macondo lo espera para contar para siempre esta historia que se cuenta a sí misma.